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lunes, 13 de noviembre de 2017

EN MIS RATOS LIBROS (XX): "GENTE PELIGROSA" (Philipp Blom)

Si me preguntan en qué época me hubiese gustado vivir, respondería que en el siglo XVIII, en plena Ilustración. Y si también me piden que eligiese el lugar, diría que en París. Me fascina el período ilustrado y haber podido conocer a aquellos filósofos que se reunían en el salón del barón Paul Thiry d'Holbach (1723-1789), sito en la rue Royale Saint-Roch de París, el epicentro de la vida intelectual europea. Asistir a algunas de esas reuniones, hubiese sido para mí una experiencia muy enriquecedora. Precisamente, el barón D'Holbach es para un servidor el más importante filósofo ateo de todos los tiempos, sin olvidar, claro está, a mi admirado Epicuro, cuyo pensamiento filosófico tenía como fin la ataraxia. Bastante de epicúreo tenía, por cierto, D'Holbach, quien se convirtió en el principal anfitrión de los sabios ilustrados, reunidos en torno a una buena comida y a vinos finos. ¿Y por qué me atrae tanto este movimiento filosófico y las reuniones que se organizaban en casa de D'Holbach? Por las razones expuestas detalladamente por el historiador Philipp Blom en su magistral obra GENTE PELIGROSA. EL RADICALISMO OLVIDADO DE LA ILUSTRACIÓN EUROPEA (Anagrama, 2012), que elijo para esta nueva entrega de EN MIS RATOS LIBROS. Hay libros cuya lectura es una auténtica gozada. Este es uno de ellos...

Cabe subrayar que las ideas revolucionarias de aquellos hombres y mujeres fueron más allá de la revolución política. Querían a toda costa erradicar el temor y la ignorancia promovidos por la religión, representada por una institución eclesiástica tiránica y decadente. Anhelaban caminar con plena libertad, sin vanas esperanzas de una recompensa post mortem, y comprender con el uso de la razón el lugar que ocupaban en el universo. "El salón de D'Holbach, abierto a espíritus afines todos los jueves y domingos, ofrecía unas condiciones ideales a los ilustrados radicales (...) Los amigos de D'Holbach podían poner a prueba sus ideas, debatir sobre cuestiones filosóficas y científicas, leer y criticar nuevas obras. Diderot, uno de los más grandes conversadores del siglo, estaba en el centro de todas las discusiones (...) Los pensadores de la Ilustración radical querían cambiar la manera general de pensar, y a tal fin estaban obligados a intervenir en el debate público, cosa que hicieron, indirectamente en la Encyclopédie de Diderot, un caballo de Troya en veintiocho volúmenes cargados de ideas subversivas", escribe Blom en la introducción de su ensayo.

Como en toda reunión que se precie, no siempre reinó la avenencia... En aquel ambiente, en el que se hablaba de filosofía, ciencia, historia, literatura y arte (y, en ocasiones, de política), se produjeron también algunas discusiones un tanto exasperadas. Rousseau, con su agrio carácter, sus paranoias e injustificados celos —sobre todo, hacia el carismático Diderot— era el más proclive a pelear con todo el mundo. Siempre creyó que los demás conspiraban contra él, algo propio de quien se cree el centro del mundo. Terminó por romper con el grupo. La Mettrie, por su parte, fue bastante radical en sus ideas materialistas, como se encargó de demostrar en su ensayo Historia natural del alma (1745). Consideraba que nos gobernaban únicamente las leyes naturales. La mayoría de filósofos eran deístas, pero según él, no hay Dios, ni alma, ni vida después de la muerte, ni nada que se salga de lo estrictamente biológico. Nuestra existencia se fundamenta en una lucha por la supervivencia, adujo. "No nos perdamos en el infinito, no estamos hechos para tener ni la más mínima idea de él; nos es absolutamente imposible regresar al origen de las cosas (...) ¡Es una locura torturarse tanto por algo que sabemos que es imposible, y que ni siquiera nos haría felices aunque pudiéramos adentrarnos en ello hasta el fin!", manifestó. Voltaire, que era bastante anticlerical, combatió sin embargo las ideas ateas, defendiendo la utilidad de la idea de Dios para conducir al pueblo, algo que producía crispación entre los filósofos ateos.

Pero al margen de sus diferencias, les unía un proyecto común: luchar contra la funesta fe religiosa —que tanto ha alimentado el miedo y la superstición a lo largo de la historia—, avivar la llama del conocimiento científico y apoyar a toda costa el ambicioso proyecto liderado por Diderot y el matemático Jean Baptiste d'Alembert: La Encyclopédie. "El proyecto de la Encyclopédie estaba destinado a ser un ariete que sacudiría los cimientos de la época. Diderot todavía no podía saber que le ocuparía la mayor parte de su vida activa, más de un cuarto de siglo, y que terminaría abarcando diecisiete volúmenes con un total de dieciocho mil páginas y más de veinte millones de palabras, y once volúmenes con unos mil novecientos espléndidos y detallados grabados, pero ya era consciente de que se trataba de una idea ambiciosa que podía decidir su destino literario", explica Blom. En aquella especie de "Wikipedia" del siglo XVIII —con sus 71.818 artículos distribuidos en 18.000 páginas— se compiló todo el conocimiento de la época, gracias a la participación de tantos ilustres pensadores. D'Holbach, poseedor de una extraordinaria biblioteca científica, contribuyó con más de tres mil artículos. Gracias a su fortuna, también apoyó económicamente semejante empresa. Su generosidad se vio asimismo reflejada en las reuniones que organizó en su propia mansión, donde el menú era siempre muy exquisito. Todos los asistentes se marchaban satisfechos, tras horas de tertulia y de buen yantar. Las mentes más brillantes de París asistieron al salón de D'Holbach. Los científicos presentaban allí mismo sus investigaciones y descubrimientos. Los filósofos, por su parte, leían sus artículos. Posteriormente, se abría un debate. Las ideas que allí brotaron se proyectaron a toda Europa. También participaron mujeres como Sophie Volland y Louise d'Épinay. "Si a mediados de la década de 1760 existió algo que pudiera llamarse feminismo, los amigos de la rue Royale estuvieron entre sus máximos exponentes", subraya Blom. Y es cierto. D'Holbach, de hecho, consideró que las diferencias de logros entre hombres y mujeres eran por culpa de una educación deficiente y represiva. Diderot dedicó un ensayo sobre la cuestión titulado Sobre las mujeres (1772), donde expuso las desigualdades entre ambos sexos e intentaba ofrecer soluciones. "He visto a mujeres honestas estremecerse de horror cuando se les acercaba el marido; las he visto meterse en la bañera sin creerse nunca lo bastante limpias de la suciedad del deber [conyugal]", escribió. Sí, aquellos filósofos ilustrados fueron los primeros que lucharon por la igualdad entre hombres y mujeres, culpando a la Iglesia de la represión sufrida por el sexo femenino durante siglos, al promover el patriarcado e inyectar en ellas un enfermizo sentimiento de culpa.    

En definitiva, Blom nos ofrece en Gente peligrosa datos sumamente esclarecedores sobre las biografías y convicciones intelectuales de estos grandes hombres que navegaron contracorriente y que marcaron una época de esplendor. Ya nada fue como antes, gracias a la enorme aportación de este grupo de filósofos que erradicó el oscuro régimen anterior, para implantar una moral sustentada en el respeto al prójimo, alejada de dogmas religiosos y tiranías eclesiásticas, solo con el conocimiento científico y la reflexión filosófica como estandarte. La teología, había quedado reducida casi a escombros. "Hacer el bien, conocer la verdad, eso es lo que distingue a un hombre del siguiente. El resto es nada. La vida dura tan poco, sus necesidades reales son tan escasas, y una vez que uno se va, importa muy poco si fue alguien o nadie. Al final, lo único que necesitamos es un retal sucio y cuatro tablas de madera de pino", aseveró Diderot.

Así fue cómo estos audaces sabios, entre los que también se encontraban Hume, Helvétius, Buffon, etc., fundaron una nueva moral basada en valores naturales. La castrante y opresora moral religiosa había sido desenmascarada. El Sapere aude! triunfó tras una ardua batalla. Se podía vivir una vida virtuosa sin necesidad de Dios. Era lo que reclamaban aquellos representantes de la élite intelectual del siglo XVIII —"gente peligrosa" para el establishment religioso—. "Las leyes naturales son la única autoridad a la que tenemos que someternos; las respuestas a todos nuestros males radican en comprender y obedecer las leyes del universo físico, no en crear 'quimeras de la imaginación'", sostuvo D'Holbach.

Si desea saber qué ocurrió exactamente en aquel Siglo de las Luces, cuya influencia ha sido crucial en el desarrollo de la ciencia y su papel en la sociedad contemporánea, no deje de leer Gente peligrosa. Podrá usted estar en desacuerdo con el radicalismo de ciertas ideas materialistas propugnadas por los filósofos ilustrados —cierto es que la historiografía dominante, influida por el idealismo cristiano, se ha encargado de desvirtuarlas y de estigmatizarlas—, pero no podrá negar que contribuyeron extraordinariamente a la difusión del saber, a la consolidación de las libertades, a la deconstrucción de la religión y a la reivindicación del hedonismo social. Ellos enseñaron a pensar libremente para vivir libremente. D'Holbach lo resumió así: "Aprended el arte de vivir feliz".


(Por Moisés)

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