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sábado, 1 de julio de 2017

¿SEGURO QUE SIN CREENCIA EN DIOS NO HAY MORAL?

"Sin creencia en Dios no hay moral", afirmó el cardenal George Pell durante un tenso debate que mantuvo con el biólogo evolucionista y ateo Richard Dawkins en el programa Q&A, del canal australiano ABC TV (09-04-12). Hoy, sobre George Pell, uno de los hombres más poderosos del Vaticano (no en vano es su tesorero), recaen serias acusaciones de pederastia tras una ardua investigación oficial llevada a cabo desde 2012. Hay suficientes pruebas de sus continuos abusos sexuales a menores siendo sacerdote en Ballarat, entre 1976 y 1980, y arzobispo en Melbourne, entre 1996 y 2001. El próximo 18 de julio, responderá a tales cargos en el Tribunal de Magistrados de Melbourne. Yo preguntaría a este miserable: "¿Seguro que sin Dios no hay moral? ¿Acaso con Dios sí? Pues no es usted, precisamente, el mejor ejemplo de ello, señor Pell".
  
Es una falacia eso de que sin Dios no hay moral. Que yo sepa, los ateos no vamos por ahí robando, abusando de niños o asesinando. Eso no significa que entre los ateos no haya personas sin moral. ¿Pero acaso el ateísmo es lo que hace a las personas inmorales? No. De igual modo, tampoco la religión convierte a las personas en morales. Una persona es buena o mala al margen de la fe o del ateísmo. Aunque muchas veces, la fe sí es motivo de odios, divisiones y enfrentamientos entre los hombres. Sobre todo, si la fe se convierte en fanatismo. En este sentido, la religión actúa como una poderosa fuerza capaz de transformar a una persona normal en un vengativo asesino. El extremismo islámico es fruto, precisamente, de esa fe ciega que ve enemigos por todo sitio. Y de ahí a matar "infieles", hay un solo paso. Los hombres que derribaron el World Trade Center, los que atentan en calles europeas con cuchillos u otras armas y los que en Siria degüellan a rehenes son hombres de fe, no ateos. Son hombres que fundamentan sus actos en un libro sagrado. Son hombres instrumentalizados por un radicalismo religioso que les hace creer que obran correctamente y que, con sus actos, contentan a Alá. Por tal motivo, son capaces de inmolarse pensando que irán a un paraíso celestial. "La intolerancia es intrínseca al credo religioso", asegura el filósofo Sam Harris, autor del revelador ensayo El fin de la fe. Religión, terror y el futuro de la razón (2004).  

Por tanto, la fe en Dios no evita que existan creyentes, incluso sacerdotes u obispos, que cometan delitos. La historia está repleta de creyentes que han sido auténticos depravados. Hombres de fe sin el menor escrúpulo. Hitler creía en Dios, en contra de lo que muchos fanáticos religiosos y desinformados sostienen. "Mis sentimientos como cristiano me inclinan a ser un luchador por mi Señor y Salvador (...) Como cristiano, también le debo algo a mi propio pueblo", manifestó el Führer durante un discurso celebrado el 12 de abril de 1922.

Y no hace falta recordar que entre los yihadistas no hay un solo ateo. Son todos fervientes creyentes. Incluso suelen recurrir a pasajes del Corán para justificar sus atroces crímenes. "Profeta, haz la guerra a los infieles y los hipócritas y enfréntate a ellos con rigor. El infierno será su hogar: tendrán un destino malvado" (Corán, 9:73). De hecho, la yihad —o "guerra santa"— es mencionada constantemente por quienes asesinan impunemente en nombre de Alá. Es más, dichos creyentes persiguen y matan a los ateos. Al revés, no ocurre.

Del mismo modo, la Iglesia justificó la Inquisición y las Cruzadas basándose en preceptos bíblicos. Aquellos representantes de la Iglesia medieval que creían fielmente en Dios persiguieron, torturaron y asesinaron a miles de personas durante siglos. Afortunadamente, hoy ya no sucede eso. Pero en el seno de la Iglesia, hay depravados que abusan sexualmente de niños. Y es evidente que la fe no les sirve de nada para abstenerse de cometer semejantes delitos. Incluso un pontífice tan querido como Juan Pablo II protegió a varios curas pederastas. Fue lo que hizo con su gran amigo Marcial Maciel, sacerdote mexicano que fundó los Legionarios de Cristo. El historial como pederasta de este siniestro personaje resulta sobrecogedor. De hecho, también el papa Francisco, pese a estar muy bien informado de las graves acusaciones que recaen sobre el cardenal Pell, decidió mantenerle en su cargo y a día de hoy sigue respaldándole y considerándole inocente. Pues no, la fe en Dios no hace que las personas tengan una conducta moral intachable. Ni siquiera se libra el jefe supremo de la Santa Sede. De una forma infame, la Iglesia ha procurado siempre minimizar este gravísimo problema, preocupándose más por lavar su imagen y aparecer ante los medios como víctima de presuntas campañas difamatorias. Eso es preferible antes que buscar una solución razonable y ayudar eficazmente a los que han sufrido abusos sexuales. La complacencia de la Iglesia ha sido, pues, tan repugnante como los propios delitos. Y las consecuencias de ese encubrimiento han resultado aún peores. "Al conspirar para ocultar estas agresiones sexuales que salieron a la luz, la Iglesia permitió que se llevaran a cabo nuevos delitos. Más que eso, se podría decir que los fomentó: la política de trasladar a un sacerdote pedófilo a una nueva parroquia una vez que sabía del delito le garantizaba un rebaño fresco en el que nadie estaba prevenido", aduce el escritor británico Michael Kerrigan en su documentada Historia negra de la Iglesia católica (2015). Ya vemos cuánta moral derrochan esos supuestos representantes de Dios que van por la vida de salvadores...

¿Y qué razones hay para que en la Iglesia católica habiten tantos curas y obispos pederastas? La causa es muy clara: el celibato obligatorio. Reprimir la sexualidad puede conducir a determinadas personas a actuar de ese modo tan despreciable (la represión sexual puede desembocar en conductas psicopatológicas y parafilias). Y cuando ese sacerdote tiene la ocasión de estar a solas con un menor, cuya vulnerabilidad es evidente, abusa sexualmente de él y satisface por unos instantes sus deseos sexuales reprimidos. Luego reza arrepentido, pide perdón a Dios, culpa a Satán de su tentación y aquí no ha pasado nada. Es lo que tiene formar parte de una religión que perdona los pecados tan fácilmente. Por algo, en el pasado, tantos criminales, perversos y delincuentes eligieron la fe cristiana. Podías asesinar, arrepentirte antes de morir e ir finalmente al cielo (al parecer, los ateos nos merecemos más el infierno). Eso hizo, por ejemplo, Constantino I El Grande, el primer emperador cristiano de Roma. A pesar de ser un despiadado asesino, fue absuelto en su lecho de muerte de sus pecados, tras ser bautizado por el obispo Eusebio de Nicodemia.
   
Siguiendo con el tema de la pederastia, el periodista y psicólogo Pepe Rodríguez, experto en dinámica sectaria, sostiene que más de 300.000 españoles han sufrido abusos sexuales durante su infancia o adolescencia por miembros del clero católico (262.587 abusos sexuales cometidos sobre menores varones y 44.780 sobre mujeres menores). En su impactante obra Pederastia en la Iglesia católica (2002), afirma que "el problema fundamental no reside tanto en que haya sacerdotes que abusen sexualmente de menores, sino que en el Código de Derecho Canónico vigente, así como todas las instrucciones del Papa y de la curia del Vaticano, obligan a encubrir esos delitos y a proteger al clero delincuente. En consecuencia, los cardenales, obispos y el propio gobierno vaticano practican con plena conciencia el más vergonzoso de los delitos: el encubrimiento". Cuando en 2009, salió a la luz la terrible noticia sobre los miles de menores que fueron víctimas de abusos sexuales y torturas físicas y psíquicas en instituciones estatales regentadas por sacerdotes, monjas y religiosos de Irlanda durante casi 70 años (solo el padre Brendan Smith, de Belfast, había abusado de un centenar de niños entre 1940 y 1990), quise entrevistar a Pepe Rodríguez para saber si, según él, existe una relación evidente entre el celibato obligatorio y los abundantes abusos sexuales en el clero. Su respuesta fue tan esclarecedora como contundente:

"El celibato obligatorio es irracional, lesivo y contrario al propio Evangelio. Es un mero instrumento de control que neurotiza y somete y también permite tener una estructura laboral muy manejable y muy barata. El celibato puede ser algo positivo para quien tiene suficiente madurez para conllevarlo, pero este no es el caso en buena parte del clero, que se ve sumergido en una dinámica psicosocial que les daña profundamente y, en demasiados casos, les hace perversos, manipuladores y abusadores. El celibato obligatorio lo incumplen una parte notable del clero católico, la mayoría de ellos con mujeres y hombres adultos (a menudo abusando de adultos que están en posiciones de debilidad o sumisión frente a ellos). Otra parte del clero, incapaz de someter su bragueta y de someter o cautivar a un adulto/a, abusa de menores aprovechándose de su posición, pero no son pedófilos, ya que no abusan de pre púberes, son simples delincuentes que abusan sexualmente de jovencitos/as al ser incapaces de acostarse con adultos... cosa que harían y hacen si se les da ocasión. Un porcentaje mucho menor son los pederastas, que son minoría entre los que abusan de menores; éstos son enfermos, los hay en cualquier ámbito, pero la Iglesia, sabiéndolo, los ha deteriorado emocionalmente y les ha dado la posición y la ocasión para delinquir a placer y con encubrimiento total. Si el clero pudiese casarse, una parte del problema desaparecería, sin duda. Disminuiría muchísimo el porcentaje de mujeres embarazadas por curas (follan, sí, pero no usan preservativo por ser pecado... esto me lo han dicho mujeres de muchos países... bendita hipocresía) y el de mujeres amantes de curas (que pasan por dramas terribles), el de relaciones con adultos forzadas desde la posición de privilegio del cura, y también los abusos a menores y adolescentes. No se evitarían los delitos de los pederastas, que son enfermos reincidentes (casi siempre) estén donde estén, sean curas o sean periodistas, políticos, jueces o camioneros. El celibato opcional no es la panacea, pero mejoraría la vida de muchos y reduciría las víctimas de los abusos clericales".

También le pregunté, como doctor en psicología que es, qué recomendaría a las víctimas de abusos sexuales cometidos por el clero para superar el grave drama que han vivido. Y su respuesta fue:

"Hay infinitas cosas a recomendar, pero no puedo hacer aquí un tratado sobre la cuestión. En todo caso, hay dos recomendaciones básicas:

1) Si se necesita, buscar apoyo psicoterapéutico en un buen psicólogo/a (que no tenga nada que ver con la Iglesia).

2) Si se está en condiciones para ello, buscar asesoramiento legal y acudir a la Justicia ordinaria (jamás denunciar el delito ante el obispo o la curia. ¡Jamás!) 

Hay mil matices y sugerencias para cada una de estas dos recomendaciones y para el resto de las no citadas, pero cada caso es único y debe estudiarse en particular, jamás generalizando".


EL CARDENAL GEORGE PELL, ACUSADO DE ABUSOS SEXUALES A MENORES

(Por Moisés Garrido)

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