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Las Táuridas nos visitan cada año
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Mientras muchos siguen con curiosidad la
trayectoria del cometa interestelar 3I/Atlas, para la gran mayoría ha pasado
casi desapercibido el paso de unos visitantes asiduos a nuestro planeta que, en
el futuro, podrían llegar a preocuparnos: las Táuridas, esos meteoros visibles
cada año en noviembre, son el asunto central de un nuevo estudio científico. La
investigación expone una posibilidad inquietante: la corriente meteórica de las
Táuridas podría concentrar fragmentos capaces de causar explosiones aéreas como
las de Tunguska y Cheliábinsk.
Y es que este estudio, publicado en Planetary
and Space Science y liderado por investigadores de Estados Unidos, Canadá y
Europa, entre los que se encuentran Mark Boslough y Peter G. Brown,
explica cómo la lluvia de meteoros de las Táuridas, podría estar acumulando una
serie de fragmentos rocosos y metálicos, incrementando el riesgo de impacto
contra nuestro planeta en los años 2032 y 2036.
El artículo, titulado Increased impactrisk from Taurid resonant swarm encounters in 2032 and 2036, plantea que
los impactos de asteroides de tamaño medio podrían no ser completamente
aleatorios, sino mostrar patrones periódicos ligados a la órbita del enjambre
resonante de las Táuridas. Hasta ahora, la mayoría de los modelos de defensa
planetaria asumen que los impactos de meteoritos son eventos aleatorios e
impredecibles. Sin embargo, estos científicos argumentan que la llamada Corriente
Resonante de las Táuridas (Taurid Resonant Swarm, TRS) podría
modificar esa visión. “Si este enjambre realmente existe —señalan los
autores—, entonces el riesgo de impacto no es constante, sino que aumenta
periódicamente cuando la Tierra cruza los nodos de la corriente”. Esos
cruces volverían a producirse en noviembre de 2032 y junio de 2036, momentos en
los que el planeta podría experimentar un incremento temporal en la
probabilidad de colisiones con objetos de decenas de metros de diámetro.
El estudio conecta esta hipótesis con algunos
de los episodios más llamativos de la historia reciente. En 1908, una explosión
sobre la taiga siberiana arrasó más de 2.000 km² de bosque cerca del río
Tunguska. No dejó cráter visible, pero liberó una energía equivalente a entre 5
y 15 megatones de TNT, similar a la de una bomba termonuclear pequeña. En 2013,
un bólido sobre Cheliábinsk (Rusia) causó más de un millar de heridos por la
onda expansiva.
Ambos fenómenos, según los investigadores,
podrían estar vinculados indirectamente con fragmentos del cometa 2P/Encke,
origen de la corriente de las Táuridas, o con la parte diurna del mismo flujo,
las Beta Táuridas. La idea de un ‘catastrofismo coherente’ —episodios de
impactos no aleatorios que se repiten con cierta periodicidad— no es nueva. En
los años 80, los astrónomos Victor Clube y Bill Napier ya
propusieron que fragmentos de cometas en desintegración podrían provocar
lluvias de impactos periódicos sobre la Tierra.
Este artículo invita a estudiar esta
posibilidad de forma empírica, es decir, si existe un enjambre de fragmentos en
la corriente de las Táuridas, podría comprobarse mediante observaciones
sistemáticas.
Los autores recomiendan realizar campañas de
observación específicas durante los próximos pasos cercanos del enjambre, en
2026 y 2029. Telescopios como el Canadá–Francia–Hawái o el Zwicky Transient
Facility ya han intentado detectar objetos asociados en cruces anteriores,
aunque sin resultados concluyentes.
Aun así, esas búsquedas han permitido
establecer límites al número de cuerpos grandes en el enjambre, sugiriendo que
podrían existir cientos o miles de fragmentos menores de 100 metros de
diámetro. Demasiado pequeños para detectarse fácilmente, pero lo bastante
grandes para causar daños locales significativos si impactaran en la Tierra.
Los científicos proponen incluir también
instrumentos infrarrojos y misiones espaciales, como el NEO Surveyor de
la NASA, capaces de detectar objetos oscuros y de bajo albedo que escapan a la
observación óptica tradicional.
Si bien no se habla de impactos inminentes,
ya que la mayoría de estos fragmentos se desintegrarían en la atmósfera,
provocando explosiones aéreas comparables a la de Cheliábinsk, desde la defensa
planetaria se debería considerar que el riesgo puede variar con el tiempo,
dependiendo de la posición de la Tierra respecto a corrientes meteóricas
densas. Para estos investigadores, el riesgo coherente puede no ser
insignificante, pero negarlo sin observarlo, sería un error tan grande como
exagerarlo.
Mientras tanto, los astrónomos seguirán
mirando hacia las Táuridas, preguntándose si entre sus destellos se esconde la
próxima advertencia del cielo.
(Por Claudia)