“Para un ufólogo como tú es un
carrusel de sensaciones curiosísimo… Te encantará. Yo la vi el lunes y la ando paladeando aún”.
Eso me respondió mi buen amigo Javier Sierra cuando anteayer le escribí un wasap diciéndole que íbamos camino de Elche para ver El Día de la Revelación, la nueva
película de Steven Spielberg. Efectivamente, me encantó. Javier acertó de
pleno. La película reúne todos los ingredientes necesarios para fascinar a
quienes sentimos una auténtica pasión por el fenómeno ovni, independientemente
de que nos situemos entre los creyentes o los escépticos respecto a la
hipótesis extraterrestre. Spielberg aborda el tema con la maestría que lo
caracteriza, no solo como veterano cineasta, sino también como profundo
conocedor del universo ufológico. Por supuesto, El Día de la Revelación no desbanca a Encuentros en
la Tercera Fase (1977), una obra maestra difícil de superar, pero se le
acerca mucho e incluso le rinde homenaje mediante algunos guiños que los
aficionados sabrán apreciar.

Spielberg vuelve a demostrar que sabe tocar
la fibra sensible del espectador. Consigue que vivamos los acontecimientos con
auténtica emoción, especialmente en un tramo final cargado de intensidad. Sus
145 minutos pasan en un suspiro y, cuando llegan los créditos, uno se queda con
ganas de más. Merecería la pena una segunda parte, pensé.
Suelo decir que el fenómeno ovni me ha
enseñado mucho más sobre la psicología humana que sobre la posible existencia
de vida extraterrestre. Y aunque la nueva película de Spielberg gira en torno a esta
última cuestión —la presencia alienígena en
nuestro planeta—, creo que, en el fondo, habla de nosotros mismos:
del ser humano y de sus complejidades. El cineasta utiliza el tema extraterrestre como excusa para introducir al espectador en los vericuetos de la naturaleza humana (esa es la gran desconocida).

No cabe duda de que el fenómeno ovni posee una dimensión trascendente. Se ha convertido en un mito muy poderoso y con profundas implicaciones. Quienes afirman haber vivido un encuentro cercano
suelen describirlo como una experiencia casi mística, capaz de alterar de
manera radical su forma de entender la realidad. Conozco de primera mano casos
de personas cuyas vidas se transformaron drásticamente tras una experiencia de
este tipo, modificando no solo su universo interior —sus creencias, sus
certezas, su visión del mundo—, sino también sus relaciones familiares y
sociales. En muchas ocasiones, estas personas se sienten solas y les resulta
muy frustrante observar tanta incomprensión a su alrededor. Por eso, sé escucharlas con atención y con empatía, reconociendo lo difícil que resulta equilibrar
la vida cotidiana y las experiencias anómalas (ya sean ufológicas o parapsicológicas). Como
bien señala la historiadora de las religiones Diana Walsh Pasulka en su
recomendable obra Los creyentes. Un ensayo sobre ovnis, tecnología
desconocida y el inesperado origen de una nueva religión (Errata naturae,
2026): "Estos «eventos de contacto» —interacciones entre humanos y
entidades inteligentes no humanas procedentes del espacio— generan creencias e
interpretaciones que, con el tiempo, evolucionan en comunidades de
creyentes". Durante su investigación, esta autora tuvo que aceptar los
paralelismos existentes entre los informes modernos sobre ovnis y los relatos
históricos de experiencias religiosas. No hay más que analizar el movimiento contactista surgido en los años cincuenta del pasado siglo, con su trasfondo milenarista y mesiánico (los contactados convirtieron a los extraterrestres en los nuevos dioses tecnológicos).

Pues sí, la irrupción inesperada de un
encuentro cercano con ovnis y con entidades asociadas a los mismos puede generar un gran impacto psicológico y emocional. No
resulta sencillo integrar una vivencia así en el propio esquema mental. Y mucho
menos cuando, después de esa experiencia fuera de lo común, comienzan a manifestarse otros
fenómenos extraños. En numerosas ocasiones, la ufología y lo paranormal
aparecen estrechamente vinculados (en la película se observan ciertos elementos paraufológicos, ya que la percepción extrasensorial está muy
presente). Quien niegue esta realidad es probable que no ha investigado lo
suficiente o desconoce una parte sustancial de la casuística. Porque el
fenómeno ovni no se limita al avistamiento de luces extrañas en el cielo. Es un
asunto mucho más complejo, profundo y poliédrico. Y afirmar esto no implica
defender necesariamente un origen extraterrestre para dichos fenómenos. No
estoy hablando ahora de hipótesis sobre su origen o naturaleza, sino de sus
efectos: psicológicos, emocionales y, en algunos casos, también parapsicológicos.

El Día de la Revelación podría haberse
titulado perfectamente El Día de la Conexión, ya que profundiza en
todos estos aspectos humanos. Al final, el epicentro de estos fenómenos es la
conciencia humana. La “revelación” no se refiere solo a un descubrimiento
extraterrestre que ha permanecido oculto por las altas esferas de poder. Hay algo
más profundo: la conexión con uno mismo, con los demás y con algo que
trasciende lo puramente material. La “revelación”, o al menos yo lo percibo
así, sería más bien la toma de conciencia de una dimensión humana más profunda.
En la película se aprecia muy bien lo que supone la búsqueda espiritual, aunque
no tenga una connotación necesariamente religiosa. Es la conciencia de
pertenecer a algo más grande que el propio individuo. El encuentro con el otro
como camino hacia el autoconocimiento. Me refiero a la conexión con las
personas, con los recuerdos, con las experiencias, con las intuiciones… No
perder la perspectiva de lo que somos y de la importancia que tiene dar
significado a nuestra existencia. Insisto: no hablo de creencias religiosas. No
soy hombre de fe —no necesito ninguna religión en mi vida— y aun así sé
apreciar el valor de la espiritualidad, además de atraerme el estudio de las
experiencias místicas. Existe, de hecho, una espiritualidad laica. El filósofo
ateo André Comte-Sponville, en su extraordinario ensayo El
alma del ateísmo (2006), afirma: “La espiritualidad es algo
demasiado importante como para dejarla en mano de los sacerdotes, los mulás o
los espiritualistas. Es el aspecto más noble del hombre, o más bien su función
más elevada, que nos convierte en algo distinto a las bestias, más y mejor que
los animales que también somos (…) Carecer de religión no es una razón para
renunciar a toda vida espiritual”.

En El día de la Revelación, la
dimensión espiritual adquiere significado a través de la relación con los demás.
La empatía, la escucha, el reconocimiento mutuo y la vulnerabilidad son, en síntesis, el vehículo que permite a los personajes aproximarse a algo más
profundo. Es decir, la conexión humana como experiencia espiritual. Apertura
mental, vivencias transformadoras y reciprocidad a partes iguales. La empatía —y
esto Spielberg lo muestra con notable claridad— constituye una puerta hacia una
comprensión más amplia de la existencia. Por eso, esta fascinante historia
resuena con tanta fuerza a nivel emocional. Más allá de cualquier
interpretación concreta sobre lo espiritual, habla de una experiencia muy
universal: la necesidad de conectar con otros, con nosotros mismos y con algo
que nos trascienda para encontrar respuestas a los grandes interrogantes científicos,
filosóficos o metafísicos. La película parece sugerir que la verdadera
revelación consiste, por tanto, en descubrir que no estamos separados, sino que
todos, de algún modo, estamos interconectados, como si formáramos parte de una
misma red de conexiones. Una idea que me ha recordado tanto a la hipótesis del inconsciente
colectivo de Carl Jung como a los campos morfogenéticos propuestos
por Rupert Sheldrake.

CON NUESTROS AMIGOS GEMA LOZANO, JORGE VALLE Y ANA TRAS DISFRUTAR DE LA PELÍCULA
La película posee una gran carga visual, pero
no deberíamos poner el foco solo en este detalle. Conviene leer entre líneas y profundizar
en lo que puede aportarnos desde una perspectiva espiritual. También en el
papel que desempeña el ser humano, con sus luces y sus sombras, ante una
experiencia tan trascendental como sería el encuentro con una inteligencia extrahumana que, quizá, compartiría con nosotros los mismos anhelos, preguntas
e incertidumbres.
(Por Moisés)